La primera prueba en condiciones reales tuvo lugar en el salón de su padre. Le entregó el prototipo, le pidió que leyera el mismo prospecto médico que la semana anterior había sido imposible descifrar, y esperó.
Su padre leyó el prospecto completo.
Después leyó el periódico. Después alzó la vista hacia la televisión al fondo del salón — y siguió viendo con nitidez.
Repitieron la prueba varias veces para asegurarse de que no se trataba de una casualidad. El resultado fue siempre el mismo.
Después decidió enseñárselo a un vecino, un óptico ya jubilado que había seguido el proyecto durante meses con cierto escepticismo.
El vecino se puso las gafas, miró alrededor del salón durante unos instantes, cambió el foco entre un cuadro lejano y su reloj de pulsera, y permaneció en silencio.
"Había trabajado más de 35 años en el sector. Me dijo que nunca había visto unas lentes tan ligeras capaces de ofrecer una transición de enfoque tan natural. Después me preguntó cuándo podría conseguir un par."
En cuestión de semanas, media docena de vecinos jubilados quisieron probar el prototipo. Y en pocos meses, Andrés ya tenía más solicitudes de las que podía atender.
Aquel prototipo acabaría convirtiéndose en Lectiva.