Era jueves por la noche. Yo estaba en la consulta revisando encuestas de pacientes.
La mayoría eran las de siempre. "El fisio me ha aliviado un poco." "La infiltración se pasa rápido." "Voy tirando."
Entonces llegué a la de Pilar. Y se me cayó el alma al suelo.
Había escrito en mayúsculas: "NO PUEDO SEGUIR ASÍ."
Contaba que se despertaba a las 3 de la madrugada. Se giraba sin querer sobre el lado derecho. Y el dolor le cortaba la respiración.
Se quedaba a oscuras. Sin moverse. Apretando los dientes. Sin querer despertar a su marido otra vez esa semana.
Odiaba haberse convertido en alguien por quien había que preocuparse.
Había dejado de lavarse el pelo sin hacer muecas. Abrocharse el sujetador por detrás se había convertido en un proceso de diez minutos. Había dejado de coger a su nieta Lucía, de tres años, porque subir el brazo le mandaba un latigazo de fuego hasta el codo.
Pilar tenía 68 años. Y sentía que su propio cuerpo le había declarado la guerra.
Pilar había hecho TODO lo que los médicos le habían mandado. Diez sesiones de fisio por la Seguridad Social. Ibuprofeno con omeprazol. Tres tandas de infiltraciones de corticoides. Fisiocrem, Traumeel y Voltadol religiosamente cada noche. Una hombrera de neopreno tres semanas.
Todo. Nada le duró más de dos semanas.
Y después de todo eso, ¿la respuesta del último traumatólogo?
"Es la edad, Pilar. Hay que aprender a vivir con ello."
Me quedé mirando esa encuesta veinte minutos. Y algo dentro de mí se rompió.